La política del ganar-ganar

79999689-300x200Este sencillo título ha sido una de las grandes revelaciones de mi vida.  De algún modo este pensamiento siempre ha estado presente en todo lo que hacía desde pequeñita (a pesar de todos aquellos que pensaban y siguen pensando que soy una especie de ONG) pero no fue hasta que leí a Steven Covey que pude plasmar este rasgo de mi personalidad en un concepto sencillísimo pero a la vez magistral: la fórmula del ganar-ganar.

¿Y en qué consiste? Es extremadamente fácil de entender: haga lo que haga en cualquiera de mis acciones no solo debe beneficiarme a mí, si no a mi entorno.  Todo el trabajo que yo realice debe ser beneficioso para mí y para aquellos con los que realizo el trabajo, sean o no mi cliente directo.  Y el beneficio puede ser patente en otras cosas que no sean directamente materiales, puede ser en amabilidad, en respeto, en conocimientos, en alegrías, o en buen rollito…lo realmente importante es que se piense en el global, no solo en el individual, y en la repercusión que tendrá mi acción en el futuro.  Nos falta pensar, una cualidad con la que nacemos todos y raramente ejercitada.

Así que cuando queráis imponer vuestro punto de vista en alguna decisión ignorando lo que otros puedan pensar, cuando impongáis lo que queréis hacer el fin de semana o cualquier otro día, cuando apretéis a alguien económicamente más allá de lo razonable aunque tengáis todo el derecho del mundo, o cuando exijáis vuestros derechos sin tener en cuenta que vuestra libertad acaba donde empieza la de vuestro vecino, pensad que…todas ellas son relaciones ganar-perder que no crean futuro y jamás lo harán, ni un futuro para vosotros ni para los que vengan detrás.

Las relaciones en las que ambas partes se escuchan con respeto, se esfuerzan mutuamente para llegar a un entendimiento o buscan el equilibrio para que los dos sean proactivos, son relaciones ganar-ganar…y éstas siembran el principio para un mundo excepcionalmente bueno.

Pero os voy a dejar con una historia de Jorge Bucay que seguramente lo explicará mucho mejor que yo.
Un beso para todos los que nos leéis.

Diana Llapart
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En un oasis escondido entre los más lejanos paisajes del desierto, se encontraba el viejo Eliahu de rodillas, a un costado de algunas palmeras datileras.
Su vecino Hakim, el acaudalado mercader, se detuvo en el oasis a abrevar sus camellos y vio a Eliahu transpirando, mientras parecía cavar en la arena.
– ¿Que tal anciano? La paz sea contigo.
– Contigo -contestó Eliahu sin dejar su tarea.
– ¿Qué haces aquí, con esta temperatura, y esa pala en las manos?
– Siembro -contestó el viejo.
– Qué siembras aquí, Eliahu?
– Dátiles -respondió Eliahu mientras señalaba a su alrededor el palmar.
-¡Dátiles!! -repitió el recién llegado, y cerró los ojos como quien escucha la mayor estupidez.
-El calor te ha dañado el cerebro, querido amigo. Ven, deja esa tarea y vamos a la tienda a beber una copa de licor.
– No, debo terminar la siembra. Luego si quieres, beberemos…
– Dime, amigo: ¿cuántos años tienes?
– No sé… sesenta, setenta, ochenta, no sé… lo he olvidado… pero eso, ¿qué importa?
– Mira, amigo, los datileros tardan más de cincuenta años en crecer y recién después de ser palmeras adultas están en condiciones de dar frutos.
Yo no estoy deseándote el mal y lo sabes, ojala vivas hasta los ciento un años, pero tú sabes que difícilmente puedas llegar a cosechar algo de lo que hoy siembras. Deja eso y ven conmigo.
-Mira, Hakim, yo comí los dátiles que otro sembró, otro que tampoco soñó con probar esos dátiles. Yo siembro hoy, para que otros puedan comer mañana los dátiles que hoy planto… y aunque solo fuera en honor de aquel desconocido, vale la pena terminar mi tarea.
– Me has dado una gran lección, Eliahu, déjame que te pague con una bolsa de monedas esta enseñanza que hoy me diste – y diciendo esto, Hakim le puso en la mano al viejo una bolsa de cuero.
– Te agradezco tus monedas, amigo. Ya ves, a veces pasa esto: tú me pronosticabas que no llegaría a cosechar lo que sembrara. Parecía cierto y sin embargo, mira, todavía no termino de sembrar y ya coseché una bolsa de monedas y la gratitud de un amigo.
– Tu sabiduría me asombra, anciano. Esta es la segunda gran lección que me das hoy y es quizás más importante que la primera. Déjame pues que pague también esta lección con otra bolsa de monedas.
-Y a veces pasa esto -siguió el anciano y extendió la mano mirando las dos bolsas de monedas-: sembré para no cosechar y antes de terminar de sembrar ya coseché no solo una, sino dos veces.
-Ya basta, viejo, no sigas hablando. Si sigues enseñándome cosas tengo miedo de que no me alcance toda mi fortuna para pagarte… (Cuentos para pensar, Jorge Bucay)

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