La taza de té (o el principio del vacío)

coffee-1335478_640¿Qué sucede con nuestro ordenador cuando su disco duro está lleno de información? ¿No es cierto que va muy lento, tanto que incluso llegamos a desesperarnos?

Lo mismo ocurre con nuestro cerebro.  Él está hecho para pensar y para recordar cosas.  El problema es que, igual que el ordenador, mientras tengamos tan solo unas pocas cosas dando vueltas de forma que tenga sus procesos de descanso, trabajará rápido…pero ¡ay! ¿qué ocurre cuando tiene tantísimas cosas que pensar y recordar que apenas pueda parar? pues le ocurrirá exactamente igual que al pc.

Si añadimos además que tan solo puede prestar plena atención a 7 cosas a la vez, podremos llegar a la conclusión fácil que constantemente estamos añadiendo y reañadiendo cosas que no debemos olvidar, con el consiguiente estrés se ello supone.

¿Y qué ocurre cuando quiero añadir algún pensamiento más? pues que es misión imposible, simplemente no queda hueco.  Y aquí es donde se puede activar el principio del vacío para que eso no ocurra.

Es completamente imposible meter una caja más en un almacén que está lleno, de forma que lo que deberemos hacer con nuestro almacén es permitirle una salida constante creando un espacio vacío constante.  Ese vacío será ocupado más adelante por nuevas cajas, pero como que en otro lado del almacén habremos gestionado la salida de otro material, el vacío permanecerá de forma constante.  Así siempre tendrá cabida para nuevas cajas ¿cierto?.  Pues este, ni más ni menos, es el principio del vacío.

¿Y cómo podemos aplicarlo? Mediante un ejercicio simple: hacer un volcado de seguridad (como en los ordenadores) de nuestro propio cerebro. Tan solo os llevará cinco minutos al día y es extremadamente efectivo.

Sentaros con tranquilidad PARAD y PENSAD (lo pongo en mayúsculas porque se nos ha olvidado hacer ambas cosas!!) en todo aquello que debéis hacer o que no queréis olvidar.  Escribidlo en una agenda o libreta (así no se perderá) y fechadlo.  Después agrupadlo por orden de preferencia o prioridad. ¿Fácil no?

Actuando así crearemos sitio para nuevas ideas creativas o acciones que antes no veíamos por el cúmulo de información y es más, seguramente escucharemos más a los que tenemos alrededor y aprenderemos un poquito más (que siempre va bien).  Así que…descartad aquello de “¡no, si ya me acuerdo!”, vaciadlo apuntándolo.  Si no lo hacéis iréis por la vida pensando en lo mismo y a piñón fijo, perdiéndoos toooooooooda la magia que os rodea.

Aquí os dejo una historia zen muy conocida pero no por ello menos aclaradora.  ¡Que la disfrutéis!

Un abrazo,

Diana Llapart

AMTH

http://www.amth.es

http://www.reikibarcelona.org

Es conocida la historia de Nan-in, un Maestro japonés que vivió en la era Meiji, y lo que le sucedió con un profesor universitario que fue a visitarlo intrigado por la afluencia de jóvenes que acudían al jardín del Maestro.

Nan-in era admirado por su sabiduría, por su prudencia y por la sencillez de su vida, a pesar de haber sido en su juventud un personaje que había brillado en la Corte. Aceptaba en silencio que algunos se sentaran con él al caer de la tarde, pero no debían importunarlo después de la meditación. Entonces, parecía algo serio y hasta hosco, pero no era más que la necesaria readaptación mientras trabajaba en su jardín, pelaba patatas o remendaba la ropa.

Un prestigioso profesor pidió audiencia con el sabio y se hizo anunciar con antelación haciendo saber que no disponía de mucho tiempo, pues tenía que regresar a sus tareas en la universidad.

Cuando llegó, saludó al Maestro y, sin más preámbulos, le preguntó por el Zen. Nan-in le ofreció el té y se lo sirvió con toda la calma del mundo. Era evidente el nerviosismo del invitado a quien se le acababa la paciencia esperando una respuesta rápida del sabio.

El Mestro continuó vertiendo té en la taza del visitante a pesar de que ésta ya estaba llena, y eso fue la gota que colmaba el vaso para el profesor que dijo mientras veía cómo el té se derramaba por todas partes:

– ¿Pero no se da cuenta de que está completamente llena? ¡Ya no cabe ni una gota más!

– Al igual que esta taza, – respondió Nan-in sin perder la compostura ni abandonar su amable sonrisa -, usted está lleno de sus opiniones. ¿Cómo podría mostrarle lo que es el camino del Zen si primero no vacía su taza?

Airado, el profesor se levantó lanzando la taza contra el suelo y con una mera inclinación de cabeza se despidió sin decir palabra.
Mientras el Maestro recogía los trozos de porcelana y limpiaba el suelo, un joven se acercó para ayudarle.

– Maestro, ¡cuánta suficiencia! Qué difícil debe de ser para los letrados comprender la sencillez del Zen.

– No menos que para muchos jóvenes que llegan cargados de ambición y no se han esforzado por cultivar las disciplinas del estudio. Al menos, los estudiosos ya han hecho una parte del camino y tienen algo de lo que desprenderse.

– ¿Entonces, Maestro, cuál es la actitud correcta?

– No juzgar, escuchar y permanecer atento.

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