Paciencia, la madre de la ciencia…

75627429-300x224Hablo mucho, supongo que por deformación profesional. El caso es que me gusta la comunicación y soy consciente de que lo hago con pasión.

Me encanta escuchar, sobre todo cuando mi interlocutor habla con la misma pasión de algo que desconozco por completo y me permite aprenderlo. De eso se trata todo, de hablar, comprender, entender, escuchar y crecer. Con el crecimiento, avanzamos. Y en este punto tan importante, el avanzar, entra en juego un factor primordial: la paciencia.

Cada uno de nosotros tiene su ritmo. Algunos necesitan experimentar para avanzar, otros necesitan más tiempo, otros son extremadamente rápidos aprendiendo, incluso otros ya están por delante de todo antes de empezar.

El tema es que nadie es comparable, cada uno tiene su ritmo y su tiempo, porque hace las cosas como sólo él puede. El café para todos no existe.

El único vínculo en común es la paciencia: para que los que están al final del camino puedan esperar a los que van llegando, para los que aún no han comenzado, para los que están a medias y se cansan porque no ven que avanzan…

Y la paciencia nos da un gran regalo: la capacidad de una observación objetiva.

Esta última semana he aprendido una gran lección. En una reunión en particular estaba hablando sobre energía, un tema que creía era dominado por todos los presentes, hasta que llegó el punto en que me di cuenta que no era así: muchos de ellos no podían entender lo que decía porque no lo habían experimentado nunca, tan solo tenían una parte de la información: la teoría. Cuando fui consciente de este concepto me quedé en estado de shock.

Aprendí aquel día que en ocasiones, tenía que escuchar más y hablar menos, tenía que adecuar mi ritmo de conocimiento al suyo de entendimiento, porque todo lo que yo pudiera añadir estaba de más. Aprendí también que debo tener paciencia para que cada uno camine su propia vera de la forma que decida y que de ahí obtenga el conocimiento para poder experimentarlo cuando le toque.

Aprendí a que aunque yo sea la más rápida y vaya la primera en la carrera, tengo que esperar hasta que llegue el último, porque nada funcionará si no entramos a la vez y en grupo a la meta.

Toca esperar, toca observar, toca paciencia.

Diana Llapart

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Cuando el joven Nerino fue nombrado jefe de la tribu, todos esperaban que, tal y como era costumbre en la isla, dedicase sus esfuerzos a luchar contra la gran bestia del ojo de fuego, el malvado ser que los aterrorizaba desde hacía cientos de años.

Nerino había prometido derrotar a la bestia, y aunque era un buen luchador, no parecía mejor que los que habían fracasado antes que él. Calculaban que no duraría mucho más de un año como jefe de la tribu. Era más o menos el tiempo que se tardaba en preparar y entrenar un grupo de guerreros para viajar hasta la cima del volcán, donde vivía el terrible enemigo. Una vez allí, sin importar lo valientes y fuertes que fueran, todos los del grupo eran aniquilados en unas pocas horas.

Pero no ocurrió nada. Nerino no preparó un ejército, ni entrenó más de lo habitual, ni inventó nuevas tácticas de lucha. Se limitó a cambiar el asentamiento de la tribu cuando en verano la bestia lanzaba sus más feroces ataques, inundando todo con el abrasador fuego de su ojo.

Todos le miraban con insistencia y preocupación. Le pedían que luchara, que hiciera algo, que fuera tan valiente y cumpliera con su destino como jefe, pero Nerino se limitaba a decir: “Venceré a la bestia, pero aún no es el momento”.

Así pasaron tantos años que Nerino se convirtió en un anciano. Y aunque le respetaban como jefe, pues su estrategia de ir cambiando de lugar en la isla había permitido salvar muchas vidas, todos le tenían por un cobarde.

Pero cuando ya nadie lo esperaba, Nerino preparó un grupo de guerreros. Lo hizo de pronto, sin avisar, una fría noche de invierno. La nieve, rara en aquella isla, cubría el suelo, y el grupo tuvo que marchar descalzo, con los pies helados, camino del volcán, a toda prisa. Junto a la cima del volcán encontraron la cueva de la bestia.

Nerino entró decidido, mientras sus compañeros realizaban los rituales típicos de despedida y se disponían a morir… Cuando entraron, el anciano estaba en pie junto a la bestia. Ésta estaba tendida en el suelo, hecha un ovillo, tamblando y gimiendo, al borde de la muerte.

Nerino y sus guerreros no tuvieron problemas para apoderarse del ojo de fuego y encadenar fuertemente a la bestia. De vuelta al campamento de la tribu, todos deseaban escuchar la aventura de Nerino y su combate con la bestia.

Ni siquiera el bebé más pequeño faltaba cuando el jefe inició su relato: – Jamás he pensado luchar con algo tan terrible, y hoy tampoco lo he hecho.” -dijo, creando un sentimiento de extrañeza y expectación. Y prosiguió – ¿Ninguno os habíais fijado en que la bestia nunca atacaba en los peores días del invierno, y que después de alguna época especialmente fría, su fuego no era tan intenso, ni sus ataques tan temibles? Durante muchos años he estado esperando una nevada como la de hoy, pues lo que necesitábamos no eran guerreros, sino frío.

Cuando llegamos al volcán, la bestia estaba tan débil que no pudo ni luchar. Por fin hemos acabado con siglos de luchas y muertes, y tenemos a la bestia y su ojo de fuego a nuestro servicio.

Todos aclamaron la sabiduría de su jefe, y más le felicitaban quienes más le habían criticado y despreciado por su supuesta cobardía. Y hasta el más impaciente de la tribu aprendió que, a veces, la paciencia puede llegar a ser mucho más útil que la acción, aunque tengas que ser tan valiente que permitas que te traten como un cobarde.

Autor.. Pedro Pablo Sacristán

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