Hacer las cosas de cualquier manera…o no

145062386-300x152Os propongo esta vez un ejercicio de sincera autocrítica.  Pensad en la última cosa/proyecto que hayáis hecho, y analizad CÓMO la habéis hecho.

¿Lo tenéis? Ok, vamos allá.  Ahora real y objetivamente, sed sinceros con vosotros mismos y analizad qué habéis aportado a la ejecución: ¿habéis ideado cada punto antes de poneros manos a la obra? Una vez escrito o ideado ¿habéis repasado dichas ideas hasta encontrar la posible empatía que podéis transmitir?  (sí, sí, es esa sensación ¡cuando se te pone la piel de gallina!) ¿habéis repasado la ortografía, la sintaxis, o analizado y ordenado las ideas? ¿Habéis tenido en cuenta el aspecto visual, la sencillez y la pulcritud?
En definitiva, ¿habéis puesto el 100% de vosotros mismos en el último proyecto que llevasteis a cabo? …¿Sí?… ¿No?

Tal y como yo lo veo existen dos grupos muy diferenciados en el arte de hacer las cosas: los que las hacen cumpliendo unos mínimos exigidos y los que ponen todo su conocimiento y añaden toda su pasión.

Los primeros pertenecen a los que hacen las cosas de cualquier manera, los segundo a los que las hacen bien.  Es así de fácil.

Históricamente a los segundos se les ha tildado de exigentes, visionarios, prepotentes, o se les han puesto diferentes motes (a mí particularmente me llamaban “señorita Rottermeyer” haciendo referencia a una institutriz huraña y amargada) o hacen referencia a una vida sexual no satisfecha o, la referencia más común, se les dice que la suerte ha jugado a su favor.  Nada más lejos de la verdad.

El hacer las cosas de cualquier manera también tiene sus ventajas ¡no creáis!, no tienes que pensar mucho, acabas, en principio, rápido (aunque en un futuro extremadamente corto es evidente que esta premisa no es real) y…dejadme pensar…a ver…mmm… no, no hay más ventajas.

El gran problema es que esta opción limita a nivel intelectual, a nivel social y a nivel de sistema.  Este último punto es evidente en el momento actual donde tantos años haciendo las cosas a medias en lugar de bien, hace que todo se derrumbe a nuestro alrededor.
Ya sé que estáis pensando que generalizo, y que seguramente la mayoría hace las cosas bien porque pone esfuerzo en el proceso.  Siento deciros que no es suficiente, no vale tan solo poner esfuerzo, ideas y tiempo.  Lo que es realmente válido es poner absolutamente TODO el esfuerzo, exprimirnos la cabeza para poner TODAS las ideas y TODA la creatividad y dejarlo macerar el tiempo necesario aplicando tesón y perseverancia hasta comenzar a recoger los frutos, puede que al principio pocos, pero os aseguro que si persistís en lo que creéis, los resultados después de una franja estrecha, son espectaculares.  Lástima que no tengamos la paciencia de esperar a la vuelta de la esquina para verlo.

A eso y no a otra cosa, se le llama “la cultura del esfuerzo” y en ella no hay cabida para los proyectos que se hacen “de cualquier manera”.

Os voy a poner un ejemplo:

Tengo un amigo que quiere presentar un producto que es extraordinario.  Ha conseguido una reunión con una serie de personas, que no sólo pueden comprarlo, si no que además pueden actuar como divulgadores.

Me pide que revise la presentación en la que se describe el producto.  En ésta se describen 4 puntos fundamentales con textos informativos adecuados, con un fondo azul adecuado, sin transición y poco más.

Lo primero que me encuentro es con un hervidero de faltas de ortografía y sintaxis, que, teniendo en cuenta que hoy en día tenemos correctores ortográficos a doquier, me hace pensar que simplemente quien ha confeccionado la presentación ha pensado que “ya estaba bien” y no le ha dedicado ni el tiempo ni la revisión necesaria para hacer algo excepcional. Ya lo hará otro, ¿no?

El segundo punto es un exceso de diapositivas, concretamente 28.  Un alto porcentaje  de personas no visionaría un vídeo, en teoría divertido, de Facebook de más de 4 minutos y nuestro estado de atención plena tan sólo dura 2 minutos, así que con esta información creo que su público estará mirando el reloj antes de que llegue a explicar en qué consiste el proyecto.

El tercer punto es el visual y lo diré tan solo en 4 palabras: FONDO DE PANTALLA AZUL. Es el que viene por defecto en cualquier presentación.  En una sociedad cuya mayoría tiene como sentido principal la vista, en qué se fijará más ¿en imágenes o en texto? algo tan gris como un fondo degradado azul simplemente no es válido.  Ya se ha perdido antes de tener la oportunidad de comenzar.

Creedme, el hacer las cosas bien depende del esfuerzo, del tiempo y de la persistencia, pero dentro del primer adjetivo se engloba una serie de procesos que “el hacer las cosas de cualquier manera” no contempla: pensar, estudiar a la persona o el mercado, innovar e ilusionar tanto al comprador (en cualquier tipo de ámbito) como a uno mismo.

Nada tiene que ver la suerte con aquellos a quienes les van bien las cosas, ella es extremadamente cómoda y siempre apostará a caballo ganador, por aquellos que hacen las cosas de forma diferente y bien.

Pensad, pensad y pensad, no hay otro camino.

Gracias por leer.

Diana Llapart

http://www.amth.es

http://www.reikibarcelona.org

Marcelo trabajaba en el área de mantenimiento de una gran empresa.

Nadie sabía bien qué hacía, y todos creían que sólo era capaz de hacer y servir el café. Pero Marcelo se había ganado el corazón de todos porque siempre estaba sonriente, y, como tenía una dificultad para hablar, el dueño creía que estaba haciendo un acto de caridad al tenerlo como empleado.

No faltaba nunca, siempre llegaba primero y se iba último de la oficina. Sin embargo, en una ocasión, el jefe de personal se presentó ante el dueño y le dijo que Marcelo iba a estar ausente durante varios días porque su familia avisó que debían operarlo de urgencia a causa de una peritonitis.

La baja que le correspondía era de alrededor de dos o tres semanas.

–¿Contratamos un personal temporal para sustituirlo?

–No hace falta –contestó– Simplemente avise a los empleados que, durante estos días, se turnen para preparar el café.

Sin embargo, con el transcurso del tiempo, fueron ocurriendo diferentes cosas. Por la mañana, cuando ingresaban, había mal olor en las oficinas, las pantallas de las computadoras estaban sucias, en los baños faltaba el papel higiénico, las flores se pudrían en los jarrones y las tazas quedaban sucias de un día para otro…

El dueño mandó a llamar al jefe de mantenimiento, y éste reunió a sus empleados.

–¿Por qué no limpian como siempre? ¿Qué les pasa?

–Nosotros hacemos el mismo trabajo desde hace años. Cuando entré a trabajar, me dijeron que no tocara nada de arriba de los escritorios. Nunca toqué una computadora.

–Yo estoy limpiando con los mismos productos de siempre –dijo otro

–No sé porqué, ahora, dicen que huele mal.

–Nunca limpiamos las tazas. Ni siquiera entramos al lugar donde se prepara café porque siempre está en orden –dijo otro–.
El jefe se quedó pensando. Conocía a sus empleados y sabía que no le estaban mintiendo. ¿Qué estaba pasando? En ese instante se dio cuenta que el que faltaba era Marcelo.

–¡Cierto! Él es el que entra primero. Ahora me acuerdo de que, un día que llegué bien tempranito, lo vi abriendo las ventanas para que entrara un poco de aire. Me dijo que después las cerraría.

–¡Claro! Y él es el que se ocupa del café. Después de servirlo, debe pasar por los escritorios para buscar las tazas –dijo uno de los empleados–.

Entre todos fueron pensando y descubriendo la cantidad de cosas que Marcelo hacía en silencio, sin que nadie se lo pidiera y sin reclamar agradecimiento ni reconocimiento.

El día que Marcelo regresó, le hicieron una gran fiesta, y el jefe de personal y el mismísimo dueño de la empresa le agradecieron todo lo que hacía día a día.

Autores: María Inés Casalá y Juan Carlos Pisano

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