Rosas, mirlos y príncipes violetas…

3797047810_1893986d7e_n-300x225Desde que tengo uso de razón me ha apasionado escribir.  Recuerdo que de pequeña me levantaba por la noche para escribir todo lo que tenía en la cabeza, salía a borbotones y a duras penas el lápiz podía seguir el ritmo de las historias que se iban acumulando en una mano poco acostumbrada a escribir rápido.  Cuando lo volcaba todo en el papel podía volver a dormir.  Me imagino que tengo alma de escritora y, consiga o no mi objetivo de hacer oficio con lo que escribo, siempre será así.

Lo que de verdad me deja sin habla del hecho de  escribir es la magia de ser creador de una historia, poder modelarla a tu antojo y en un momento decidir  que si la trama toma otro cariz totalmente diferente, con unos golpecitos a la tecla “backspace” del ordenador,  borrar  para volver a crear algo nuevo.  Así de sencillo y efectivo.

Esto es lo que me ocurrió ayer mientras escribía un capítulo de mi próximo libro “Las historias de Ojiisan”, concretamente el cuento “La rosa y el mirlo” cambié drásticamente la dirección de la historia, y tengo que confesar que ¡me encantó hacerlo!

Me explico y os pongo en antecedentes para que podáis entender lo que quiero decir:

La historia trata de la amistad entre una rosa y un mirlo, de cómo la primera ayuda al segundo y cómo este un buen día se olvida totalmente de la primera una vez ha recibido lo que deseaba.  Habla de expectativas, de sentimientos, de dependencias y de cómo cada uno recibe y toma sus propias decisiones.

En medio de la historia en la que la rosa recibe la decepción del olvido del mirlo, comencé a escribir

…”y entonces la flor más hermosa comenzó a marchitarse”.

Lo leí y releí  y pensé…”¡qué puñetas! ¿por qué tiene que marchitarse con toda la felicidad que recibe de su alrededor? ”

Así que en lugar de dejar que la pobre rosa se marchitase y acabara triste, mustia, deprimida y esperando que algún día el mirlo se dignara a pensar en ella, apreté el botón de borrar y creé todo lo contrario: una flor que disfruta de todo lo que tiene en lugar de echar de menos lo que no depende de ella.  Una rosa que aunque haya hecho todo bien y le haya salido rana, no se queja de ello ni añora lo que podía haber sido, ni se reboza en su propia decepción por una expectativa que no ha llegado a destino.

Bien al contrario, Bara (que así se llama la rosa) sigue disfrutando y compartiendo toda su alegría, belleza y saber hacer con todos, aquellos los que desean pasar tiempo con ella y los que un día lo hicieron y no supieron aprovecharlo.

He apostado por ganar, por avanzar, por compartir aunque el resultado no siempre sea el satisfactorio –no siempre se controla esa variante- y en no dedicar un solo minuto a la decepción, a las expectativas vanas o al tan típico “como yo te doy tú me das..” sería dar demasiado valor a algo que no lo tiene.   Y como soy el autor, me tomo el lujo de cambiar las reglas y por ende, el rumbo de la historia.  Eso de que el príncipe azul salve a la princesa y que ésta le jure amor eterno y lánguida le espere hasta nunca jamás, es la historia más negativa del mundo.  ¡Por Dios qué cansino! prefiero los príncipes morados con la cabeza bien amueblada que no alimentan el desamor.

He de decir que mi rosa está encantada con todo lo que es consciente que recibe, regalando su esencia, su color, su textura y su magia a todo aquel que lo sabe apreciar y que tenga tiempo en su ajetreada agenda para disfrutarlo.

De mientras  mi mirlo –que canta como los ángeles- se ha quedado compuesto y sin novia por no ver más allá de su propio pico.

Y colorín colorado, este cuento con reglas cambiadas se ha acabado.

Un beso a todos, gracias por leer.

Diana Llapart

www.amth.es

http://www.reikibarcelona.org

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