El miedo a…

103462588-300x256“Mi vida ha estado llena de terribles desgracias…la mayoría de las cuales, nunca ocurrieron” (Montaign)

…Entonces llovió Jehová sobre Sodoma y sobre Gomorra azufre y fuego de parte de Jehová desde los cielos; Y destruyó las ciudades, y toda aquella llanura, con todos los moradores de aquellas ciudades, y el fruto de la tierra. Entonces la mujer de Lot miró atrás, a espaldas de él, y se volvió estatua de sal. (Gen. 19, 26)

La mujer de Lot, debido a su anclaje al pasado y a su incapacidad de mirar hacia el futuro, es convertida en estatua de sal.

¿Qué decir del miedo? Creo que da tanto respeto que la mayoría de nosotros optaría por pasar de largo, evidenciando una vez más el gran poder que tiene esta palabra.  Pero estamos aquí para desmitificar y analizar estos mitos y el porqué nos subyugan, así que, manos a la obra.

Para comenzar,  hay dos tipos de miedos: uno positivo y otro negativo.  El primero es el que nos avisa, nos pone en guardia.  Es aquel que tiene el poder de potenciar por un millón cada uno de nuestros sentidos, de acelerar nuestro pulso, y de mantenernos en un estado de alerta frente a un posible ataque, transformándonos por unos instantes, en superhombres.  Es en ese momento es cuando dejamos a un  lado nuestro yo psicológico, nuestro pensar, nuestros sentimientos.  Simplemente le toca actuar al cuerpo, y lo hace de forma contundente, rápida y eficaz.

Después está el viejo y conocido miedo psicológico.  Aquel que siempre está con nosotros y se niega a despegarse.  Aquel que utiliza a su otro “yo”, el ego, como compañero de aventuras.  Aquel que SIEMPRE y en cada una de las ocasiones nos pone límites.  Y aquel con el que, desgraciadamente, nos hemos acostumbrado demasiado a tenerle presente.  Y como viejo amigo que es, nos adaptamos a él, en lugar de usar nuestra lógica y hacerlo al revés, con lo cual me pregunto ¿quién maneja a quién?.

Sinceramente, analicemos nuestros miedos.  Sentémonos reposadamente y analicemos racionalmente cada uno de ellos.  Si lo hacemos con simplicidad, seguramente descubriremos una vía, con solución sencilla incluida,  por la que empezar a desgranar y deshacer el problema.  Sólo debemos seguir tirando del hilo hasta que éste se haga ovillo, y relegarlo al cajón desastre del olvido.

Lo que ocurre, es que frecuentemente existe un trasfondo oculto: en muchas ocasiones nos respaldamos en esos miedos para ocultar una disonancia en nuestro interior que difícilmente reconocemos.  Es más fácil echarle la culpa a otro y los miedos junto con el ego, son candidatos fantásticos.  Hasta aquí, lo tenemos controlado, hacemos lo que nos es cómodo y lo que no…miedo!!!.

Entonces es cuando nosotros, y sólo nosotros, damos carta blanca para que actúe nuestro lado negativo.   Generamos conflictos, críticas, envidias hacia otros que sí tienen la valentía de afrontar y perseguir todas sus metas, con el fin de que ellos sientan el mismo miedo que nosotros y así no ser tan desgraciados, sin darnos cuenta que ese momento de pensar ¿ves como yo tenía razón? es como poner una alfombra sobre un suelo manchado de grasa: debajo, la mancha sigue ahí.  Y para postre, después de haber generado este maremágnum de negatividad, nos quejamos de lo mal que está el mundo…

Y ocurre lo que ocurre, como cuando levantamos muros para protegernos: que nos limitamos.  Al comienzo es casi imperceptible, pero al igual que las hojas de los árboles cuando caen en otoño, al final de la semana, las hojas liberadas se amontonan de tal forma, que nos impiden y acondicionan totalmente el movimiento.

No permitamos bajo ningún concepto, que la pila de hojas sea tan alta como para ocultarnos.  Nosotros controlamos al miedo, siempre, y no al revés.  Es fácil, sólo hay que separar a cada uno de ellos, analizarlos con mente simple y positiva y avanzar con firmeza.  Veremos con asombro, que cuando cambiamos nuestra postura hacia ese temor, la situación se resuelve casi por arte de magia.  Cuando acabemos con uno, empezaremos por otro, y aunque no los superemos del todo, seguro que son mucho menores de cuando comenzamos a manejarlos.

Hasta aquí, ¡fantástico!, hemos hecho los deberes, nos hemos mentalizado y observado nuestros temores, cada uno de ellos,  conscientes que debemos vencerlos, y llega un día que sí, los vencemos, quizás no todos pero unos cuantos.  Con ello logramos sentirnos más fuertes, más seguros y mejor, incluso nos planteamos poder ayudar a los demás, por eso de que como ya me he ayudado a mí mismo…!prueba superada!
Peeeero (siempre hay un pero) después nos damos cuenta que los miedos de los demás también cuentan y también nos afectan.

Cuando por fin nos sentimos seguros de nosotros mismos, nos encontramos con la segunda meta a batir: cómo influye nuestro cambio en los demás.  La seguridad es lo que tiene: activa el miedo de nuestras parejas, amigos y todo bicho viviente a perdernos, a no estar a nuestra altura, a intentar caernos no sólo bien, sino más y mejor.  ¿Y cuál es la fórmula que utilizan para componer su seguridad falsa?: decirnos lo mal que lo hacemos, lo mal que decimos, lo mal que andamos y con quién andamos, lo mal que trabajamos, lo mal que educamos a nuestros niños…y aquí es donde ya nos hunden en la más absoluta de las miserias.  Aguantamos el tirón una y otra vez, pero por fin llega un día que nos lo creemos, nos lo creemos porque les queremos, y ¿cómo alguien que nos quiere puede hacer o decir cosas que no son ciertas?

Nos empezamos a cuestionar si es que no nos quieren tanto como antes, si tendrá razón, si no debo darme tanto a los demás, si mi falda debe ser más larga, o más corta!!!…complicada situación donde las haya y con una sola solución: el fracaso, el fracaso para ellos y el fracaso para nosotros que damos veinte pasos atrás de donde antes estábamos, eufóricos con nuestros miedos vencidos.

Conclusión, ¿no querías sopa? toma dos platos: vuelvo a tener mis miedos y !encima los de los demás!.  La repanocha en patinete y cuesta abajo…

¿¿Y qué hago ahora, si estoy peor de cuando comencé??

Fácil.  NO aceptéis miedos que no son vuestros, simplemente por eso, porque no son vuestros.  Dar un giro y hacerles entender al resto que sois como sois, ¡y que os funciona¡ que habéis alcanzado vuestras metas, y además os ha costado lo nuestro, pero que los queréis igual, los esperaréis igual y encima les ayudaréis y daréis la mano en aquellas cuestas que sean demasiado empinadas para ellos. Que podéis ayudarlos a superar sus miedos con positividad, pero que ello no implica el cargar con ellos o solucionarlos nosotros solos.
Que entiendan que no queréis andar ni delante ni detrás de nadie, sólo al lado y al unísono, y si puede ser con una sonrisa en la cara y cogidos de la mano en perfecta armonía mejor que mejor.

Pero a cambio que nos acepten como somos, que no intenten cambiarnos, somos como somos, PERFECTAMENTE IMPERFECTOS y perfectamente felices, cada uno de nosotros llevamos esa gracia divina de perfección para poder llegar siempre a lo más alto.

¿Cambiarían el color de la luna para hacerla más bella, o mejor, o más luminosa, o…..??

Va a ser que no, nos gusta la luna cuando sale menguante, nueva o llena y nos gusta si está azul, amarilla o blanca…la luna es la luna y de todas maneras es maravillosa.

Abrir ventanas y cambiar el aire sólo depende de nosotros, y el enseñar a otros que al soltar el lastre de nuestros miedos se abren fácilmente, también.

Aquí no sirve hacer tirar la pelota sucia a la cancha contraria y esperar que nos la devuelvan, limpia, inflada y además reluciente.  No, a cada uno lo suyo, y los miedos de otros no forman parte de nuestros quehaceres. Quien quiera peces, debe mojarse.

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