Predicar en el desierto

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Todos tenemos épocas.  Algunas de pleno esplendor, activas, creativas y fructíferas.  Otras, como el otoño, nos prepara para hibernar en los altibajos del invierno, que sin duda, nos sacudirá un poquito más para ponernos en nuestro sitio, no vaya a ser que nos lo creamos demasiado…

Después están las épocas de reflexión, las equilibradas, para mí las mejores.  Son aquellas en las que mis ojos se tornan ligeramente hacia la izquierda superior y una sonrisa de paz dibuja mis labios.  Es cuando me doy cuenta que realmente estoy en paz con los que me aman y con los que no lo hacen tanto.

Curioso porque desde esta perspectiva muchos hechos pasan por mi cabeza.  Muchos proyectos que he llevado y que aún llevo, muchas conversaciones con quien he creído el receptor no escuchaba… o sí, muchas lecciones aprendidas y dadas, quizás con más o menos éxito, mucha creatividad regalada para felicidad de unos pocos que han sabido apreciarla…o no.

Y en una de esas épocas a veces llega el hastío, el cansancio, el aburrimiento de ver que no avanzas lo que debieras o quisieras.  Que a aquellos que deberías despertar (me encanta este término) se agarran más fuerte a la almohada para echar una cabezadita más.

En otras épocas llegan los que aún dormidos, creen estar en la cima de la cresta del despertar, dando lecciones magistrales desde algún pedestal que crece proporcionalmente a su propia ilusión.  Desde la distancia se que el batacazo será tremendo pero he aprendido que este ciclo es necesario y que tan solo puedo ponerles un cojín para que la caída no duela tanto.

Es en esos momentos, junto con los de reflexión, cuando me doy cuenta que voy, he ido, e iré contracorriente y mi sensación es de encontrarme en un enorme desierto predicando a las piedras y arbustos que se encuentran en él.

Es entonces cuando pienso si realmente vale la pena seguir despertando o si por el contrario debería dedicarme a la vida contemplativa del astro rey por la mañana…

Mis ojos se cierran entonces, una suave música “campos de lavanda” llena la habitación.  Mis piernas se colocan en la postura de medio loto sin apenas darme cuenta.  Un brazo reposa en mi regazo con la palma derecha recogiendo la palma de la mano del brazo izquierdo.  Inspiro suave y profundamente dejando que la energía fluya por todos mis cuerpos, físico y energéticos.

Y entonces sucede…

Una suave voz se filtra por mi consciencia, dulce y pura  <¿que por qué te dedicas a esto? mira…>

Comienzan a formarse ante mí todas las caras conocidas, o no, que alguna vez han pasado por mi camino, alegres, fuertes, creyendo en sí mismas.  Aparecen también otras, que aún sin ser alumnos, alguna palabra o pensamiento mío les ha hecho bien.

El equilibrio y la paz entra entra a raudales mientras mis manos se juntan en Gassho para dar las gracias al acabar la meditación clarificadora.

Mis ojos, de nuevo, se tornan ligeramente hacia la izquierda superior y una sonrisa de paz dibuja mis labios al sentir la plenitud de la vida, de la consciencia que, después de todo, el desierto y  su vida oculta escucha aunque mi percepción sea de no obtener respuesta.

La vida, la consciencia y el poder de cada uno de nosotros se abre camino.  Lo hará más temprano que tarde.

Seguiré despertando y a contracorriente.  Al fin y al cabo, como algún chamán del mundo me recordó una vez, sólo los peces que nadan a contracorriente están vivos.

Gracias por estar ahí.

Diana Llapart

http://www.reiki-barcelona.cat

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