Nosotros y el silencio

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Tengo la teoría de cuanto más ruidosa sea una persona más se impone a su entorno, por ende menos escucha, por ende menos aprende, por ende menos evoluciona.El silencio en sí es una virtud, un regalo.  Te muestra varias cosas, desde los sonidos de la Tierra, los de tu vida, hasta el sonido de paz en tu interior que descubres al volver a casa y no tener necesidad de encender el televisor para no sentirte solo.  Tu paz proviene del mismo silencio que cuidadosamente has creado en tu propio recinto de equilibrio.

El silencio además es una muestra de respeto, grande, muy grande.  Con él respetas a tu prójimo al escuchar sin interrumpir, respetas a tu vecino en su descanso, respetas a tu cuerpo en tu paz.  Sin él es difícil llegar a alguna de las facetas del crecimiento interior.

El ruido despista, diversifica el sonido para que tu atención se altere en diferentes direcciones como un gran árbol extendiendo sus ramas sin fin.

Ayer, una de la mañana, vecinos con amigos cenando (supongo) y ruido, mucho ruido.  No había música, no hacía falta.  Una conversación pisaba a otra y a otra más hasta llegar al límite de los decibelios permitidos por ley en un diálogo a gritos de ver quién impone más su propio egocentrismo.

Frases cortadas continuamente por otro que no llegan a decir nada por no tener la oportunidad de acabarse.  Quizás si se permitieran terminar alguna podrían tener algo de significado o valor y entrar en un diálogo cuanto menos…creativo.  Pero no, a la especie humana -al menos este tipo de especie- le gusta imponer lo poco que sabe en los demás.

En todo esto reflexionaba ayer, a la una de la mañana, tumbada en mi cama.  Pensaba en qué importante es el silencio, qué importante el respeto por uno y por otros.  Y en lo afortunada que soy de poder pensar así.  Visto lo visto, mis vecinos no.

La ventaja de tener silencio interior y silencio exterior, es que en tu cabeza cabe mucho más conocimiento, mucho más equilibrio y mucha más paz.

Dejo como reflexión una de mis historias de Ojiisan que viene al pelo, se llama La caja de moras

“…Kodomo había vuelto del colegio, casi no le dio tiempo a saludar a su madre cuando ésta le dijo –he hecho unos pasteles de manzana para Ojiisan, él siempre se porta muy bien contigo y deseo que le lleves este obsequio de parte de toda nuestra familia..

–¿Se lo tengo que llevar ahora madre? –Dijo Kodomo .

–Si –contestó ella –me gustaría que se lo llevarás antes de que se enfríen.

–Vale, vale pero déjame dejar la mochila primero mi habitación –contestó el niño.

Kodomo bajó corriendo las escaleras, recogió el paquete que había preparado su madre, y se dirigió por el camino de tierra hacia la casa de su amigo Ojiisan.

Lo encontró a unos metros de distancia de su casa conversando con la panadera. Ella no paraba de hablar y hablar mientras Ojiisan iba asintiendo cada pocos minutos. El niño se acercó a ellos y muy educadamente se quedó al margen sin decir nada. Fue Ojiisan quien interrumpió a la panadera para darle la bienvenida al niño.

–¡Konbawa Kodomo!– dijo Ojiisan –¡realmente me alegro de verte! –le dijo con un guiño de complicidad.

–Buenas tardes Ojiisan –contestó el niño –. Mi madre me ha dado unos pasteles para ti, me ha hecho venir corriendo expresamente para que se los pueda comer calientes.

–Yo también hago pasteles muy  pero que muy buenos –dijo la panadera –una vez los hice con canela y sirope de arce, conseguí un sabor tan particular que anulaba incluso el sabor de la manzana ….

Ojiisan y Kodomo se miraron sin decir una palabra, mientras la mujer seguía parloteando sin miramientos.

–Sra. Pana– dijo Ojiisan –tendremos que dejar nuestra conversación para más adelante, no me gustaría hacerle un feo a Kodomo ni a su familia después de haberme traído este obsequio. 

–Por supuesto, por supuesto –dijo la panadera –recuerdo una vez que alguien también me trajo a mí un  obsequio, era algo muy bonito y muy caro… 

–Señora Pana, espero que pase un buen día.  Ahora debo dejarla

–Claro, claro.  Espero que usted también pase un buen día –continuó la mujer –aunque en realidad no es que sea un buen día para mí.  Mire el tiempo, parece que va a llover, así que no creo que sea un buen día para nadie.  Por cierto, tengo una vecina, la señora Rinjin, que siempre que llueve sale a mojarse.  Es muy extraña.  Una vez…

La señora Pana continuó parloteando sin notar si quiera que Ojiisan ya comenzaba a alejarse.

–¿Sabes que Kodomo? Vamos a buscar moras, será un complemento perfecto para tu pastel de manzana.

–Las moras –continuó la panadera perdida en su propio discurso –son deliciosas combinadas con crema de soja….

Ojiisan se inclinó saludando a la Sra. Pana mientras se alejaba de ella y la dejaba con su propio monólogo.

–¡Habla mucho y sólo de ella! –dijo Kodomo con una sonrisa burlona –y no te deja nunca hablar, sólo habla, habla, y habla sin escuchar nada de lo que nadie le dice.  Uff ¡es insoportable!

¿Vamos ahora a comer pastel? –continuó el niño cambiando radicalmente de tema.

–Ya te lo he dicho Kodomo –contestó Ojiisan –¡vamos a buscar moras!

– ¿Moras? Pensaba que era una excusa para alejarnos de la Sra. Pana.

Sin decir ni una palabra más Ojiisan cogió suavemente el paquete de las manos del niño y entró en su casa. Salió al cabo de unos minutos con dos cajas vacías.

–¡A buscar moras! –dijo el anciano –y sin más se dirigió hacia unos arbustos cercanos.

Kodomo estaba un poco sorprendido con la actitud de su amigo, pero ya se había acostumbrado a sus excentricidades y simplemente obedeció siguiéndole hasta los arbustos.  Cogió la caja que sonriendo le ofrecía y comenzó a recolectar las bayas de las zarzas.

–¡Son muy grandes!– exclamó el niño al observar los frutos morados– en poco tiempo llenaré la caja, ¿no tendrá una más grande?

–No, no, no, no…¡debes dejarla medio vacía!– respondió Ojiisan mientras se apresuraba a mirar cuánto ocupaban las moras recogidas. ¡Así es perfecto! No recojas ni una más–sentenció–y sin decir una palabra adicional cogió su propia caja y continuó llenándola hasta arriba.

–Ahora sí que no entiendo nada–musitó Kodomo para él mismo visiblemente confundido.

El anciano se giró y miró al niño sonriendo.

–Mira, quiero enseñarte algo –dijo mientras tomaba ambas cajas y las depositaba en el suelo delante de Kodomo – Coge la caja que está vacía y sacúdela, ¿qué sucede?

–Pues que hace mucho ruido –contestó el niño.

–Ahora deja esa, coge la llena y sacúdela, ¿qué sucede?–dijo Ojiisan excitante, con la expresión de niño rebelde tan característica en él.

–Que no hace nada de ruido.

–¡Eso es!–contestó el anciano y se puso a bailar brincando alrededor del niño.

Kodomo no pudo por menos que echarse a reír y unirse al baile improvisado, aunque  seguía sin entender nada.

–Mira jovencito –le explicó Ojiisan mientras recuperaba el resuello apoyándose en sus propias rodillas –las cabezas de las personas son como estas cajas de moras: las que están llenas de ideas y pensamientos hacen poco ruido y se limitan a escuchar y observar, de este modo siempre encontrarán un rincón para almacenar un aprendizaje nuevo.

–Ya ¿y qué pasa con las que están medio vacías?

–Cuanto más vacía está la caja, más ruido hace.  Y eso es exactamente lo que le pasa a la cabeza de las personas: cuanto menos conocimiento tienen, más hablan, demostrando a todos lo mucho que saben y las vivencias que han experimentado perdiendo toda posibilidad de aprendizaje al no escuchar ni observar.  

–Tan solo es ruido–contestó Kodomo pensativo –como la Sra. Pana.

–¡Sí, solo ruido!

–¿Y por qué lo hacen?

– Porque se sienten inferiores e inseguros.

–Entiendo…por eso siempre hablan de ellos mismos, demostrando a todos lo mucho que saben aunque en realidad no sea así ¿cierto?

–¡Eso es!

– O sea, construyen una falsa seguridad…

Ojiisan rió divertido.

–¡Voy a hacer todo un intelectual de ti!   ¿Qué te parece si ahora probamos el delicioso pastel de tu madre y le añadimos moras del conocimiento?

–¡Hecho!

Autor:Diana Llapart

Libro: Las Historias de Ojiisan 2016ⓒ

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